lunes, 12 de marzo de 2018

EL FÉRETRO ANDANTE

Cuando éramos niñas y niños, junto a familia de esa edad, solían generarse momentos muy singulares donde nuestra abuela se sentaba junto a nosotros en tardes donde, generalmente, no se podía ver el cielo por encontrarnos en época de otoño y con la conjunción del fuerte viento y el polvo se formaba una cobertura amarillenta que opacaba el cielo hasta donde podíamos verlo. Así, el sol desaparecía por algunas semanas entre fines de julio y principios de agosto, donde siempre era recurrente ver las anécdotas de estudiantes, entre la niñez y adolescencia, que combatían, en gestas cuasi heroicas y épicas, con la fuerza del viento, en pleno desfile del 6 de agosto, que pretendía arrebatar los estandartes de las manos de las y los elegidos para portar dicho emblema en el día de la patria. Gajes del oficio, diríamos, o uno más de los sacrificios de ser destacado en los diferentes ciclos escolares (en ese tiempo básico, intermedio y medio).

La foto solo es para ilustrar el relato y no se trata del verdadero féretro.

Era este adverso entorno en el que se solían configurar algunos días, o más bien algunas horas, en los cuales nuestra abuela, entre que preparaba alguna merienda otoñal de la tarde, como ser unas sopaipillas, casi de la nada comenzaba a relatar sus vivencias, que partían de una infancia lejana y que ahora se habían convertido en relatos basados en el letargo de remembranzas. Así, recuerdo que más de una vez nos había contado sobre una ocasión en la  que caminado por los campos de territorio chicheño fue alcanzada por la ocaso del día, ante estas circunstancias no tuvo otra salida que pasar la noche a la intemperie, noche que no fue la primera ni la última con estas características. Así en medio del sueño, y posiblemente en una noche de luna llena, escuchó unos golpes en cercanías del lugar. Con este llamamiento a la curiosidad es que se fue acercando en dirección al sonido, y fue ahí que pudo percibir, a la distancia, un ataúd que, dando volteos, se movía. Así, luego de un gran susto, este extraño objeto se fue alejando hasta desaparecer en el horizonte.

Algún tiempo después, ya involucrado en el interés y motivaciones investigativas sobre la cultura de los Chichas, pude acceder a un libro que reflejaba cuentos, mitos y leyendas de esta región sureña. De esta manera, entre las lecturas realizadas logré encontrar un cuento que titulaba “El féretro de Gran Chocaya”. En las líneas de este relato, pude repasar, de forma muy similar, las palabras de mi abuela cuando nos contaba la experiencia que tuvo de niña al haber visto en el campo un ataúd andante, sin lograr explicación. En este sentido, el relato que se encontraba dentro del libro contaba, más o menos, lo siguiente: En el pueblo de Gran Chocaya existía un lugar para realizar el velatorio de difuntos, antes de su entierro, en medio de este salón estaba un féretro de gran volumen dentro del cual se acomodaba el cuerpo para llevarlo después hasta el cementerio. Fue entonces que un día este féretro desapareció de su ubicación y tuvo que pasar algunos días para que comunarios avisen que, extrañamente, este objeto habría cobrado animación y se movía por el campo, posiblemente visitando los lugares donde todos los finados habían transitado en vida. De esta manera, las autoridades ordenaron que se “capture” a dicho féretro y sea traido hasta su lugar. Y así se hizo, incluso poniéndoles diferentes seguros para que no vuelva a “escapar”. Tiempo después, se desató un incendio en este lugar donde desapareció todo lo que allí se encontraba, incluido el féretro de Gran Chochaya.

Concluida esta lectura, me pregunté si esto era un simple cuento de cuculis o un excepcional hecho real ocurrido hace varias décadas atrás, cuando las personas solían dar vida a lo inanimado y a seres fantásticos o tenebrosos, en medio del territorio chicheño que lleva consigo un gran número de este tipo de relatos que eran transmitidos como historias orales de nuestras abuelas y abuelos, constituyéndose en parte fundamental de nuestra identidad.

viernes, 9 de marzo de 2018

DEVOCIONARIO FOLKLORISTA Y OTRAS INQUISICIONES


Antes que nada, debo reconocer, más que antes con cierto beneplácito, que nunca he ido al fastuoso Carnaval de Oruro. Principalmente, por muchos de los elementos que han estado presentes en esta entrada folklórica y que ahora cobran, aun mayor, vigencia luego de los hechos ocurridos a raíz de la publicación de una expresión y manifestación artística, artística en el mejor de los sentidos apelando al argumento liberador y libertario de su contenido que interpeló, una vez más, a un sistema oscurantista, retrógrada y anquilosado, fundado en el machismo y el patriarcado de gran parte de nuestra sociedad.

En los últimos días la coyuntura dictaminó que la atención sea direccionada hacia el lado oscuro de nuestra realidad, acostumbrada, hace mucho, a normalizar los hechos de violencia con especial énfasis la violencia contra las mujeres. En este sentido, esta vez le tocó la hora a la cultura, o a más bien a quienes pretenden adjudicarse la propiedad sobre dicha cualidad humana y patrimonio colectivo. De esta manera, se presentó una asociación extraña y perversa entre cultura, religión y Estado contra la libertad de expresión desde el arte y el cuestionamiento a una sociedad socavada y enlodada en matrices machistas y patriarcales que se atreven a embanderar a la moral y las buenas costumbres.

Para fines de análisis vamos a circunscribir a la cultura en un aspecto dentro del folklore, pero folklore a la boliviana. Bajo este lineamiento del folklore se ha ido generando una especie de “subcultura” que evoca y se embandera de “nuestras” costumbre y tradiciones saliendo a la palestra cada vez que se presentan amenazas al folklore boliviano, incluso regionalmente dentro de nuestro propio territorio, de manera exacerbada y reaccionaria ante esta injuria y atentado contra “lo nuestro”. Definiendo de esta manera el sentimiento patriotero, y algo chauvinista, de un servicio a la patria que recae sobre estos sectores como dictamen natural. Entre medio de todas estas expresiones de civismo y patrioterismo, asaltadas desde la cultura, se presentan otros bemoles del folklore en el país, donde una vez más los discursos efusivos de la doble moral, como en mucho otros espacios, salen a la palestra evocando este tipo de defensas acérrimas que justifican un sinfín de afectaciones a la sociedad, a quien dicen representar. Como una muestra podemos hablar de la violencia simbólica que se maneja bajo el manto de cultura y folklore, expresando abiertamente el beneplácito de ser parte de esas escenas sui géneri en una cadena ininterrumpida de festividades asociadas, a nombre de sincretismo, con el calendario religioso y atisbos del ciclo agrícola en una mezcolanza sobrecargada donde los sinsentidos son punta de lanza. Bajo esta búsqueda de ampliar los argumentos, algunos rebuscan explicaciones para dar rienda suelta a todos los instintos, incluidos los más bajos, para continuar en esta hecatombe de excesos con sus incontenibles consecuencias, individuales y, sobre todo colectivas.

De manera impensable ingresa la religión que tiene papeles cruciales en las principales entradas folkloricas del país adjudicando a personajes religiosos la responsabilidad de estos simples mortales, que se entregan, contradictoriamente, a otros dioses como Baco o Baal bajo el sentido hedonista libre de culpas, mientras que las otras imágenes religiosas deben avalar este tipo de actitudes y eventos, e incluso cargar con las nefastas consecuencias luego de los bacanales desbordados. Dentro de la institucionalidad religiosa, se presentan, también, diversas posturas sobre este tipo de “manifestaciones culturales” vislumbrándose voces displicentes y otras con algo más de sentido crítico frente a esta incongruencia de sentidos en la que vamos inmersos cotidianamente. De esta manera, nuestras sociedades han encontrado una justificación válida y consensuada para seguir ampliando las fechas festivas del país, donde las diferencias entre regiones son solo de forma y no de fondo. Pese a todo ello, a cada cosa por su nombre, entre lo más oscuro de la argumentación se presenta esta asociación, obviamente forzada, que se hace entre cultura y religión.

En este panorama, para el caso específico que nos tocó en esta ocasión, el Estado, o más bien algunos representantes del mismo, salen a la luz con expresiones desatinadas que incluso vulneran a la normativa nacional en un desconocimiento de la realidad del Estado laico que impera en territorio nacional desde la aprobación de la Constitución Política del Estado Plurinacional el año 2009.Así, la miopía supera normativas y criterios con algún sentido, sumando voces oficiales a la sinrazón de amenazas de posibles demandas, con la vocería, increíble, de (i)responsables de cultura en instituciones estatales subnacionales a las que se aumenta la kumunta de folkloristas, junto a todo el gorilismo de grupos, lamentablemente, organizados e individuos que confunden la libertad de expresión con la potestad de ejercer todos los tipos de violencia sin la capacidad de debatir ideas en vez de confrontar personas, de las maneras más nefastas fortaleciendo a la sociedad del miedo, donde ahora nuestra propia comunidad amenaza la seguridad y tranquilidad.

En este marco, es seguro que la generalidad del pueblo orureño no se encuentra dentro de todas las consideraciones antes mencionadas; pero resulta lamentable que casos aislados envenenen, o por lo menos pretendan hacerlo, desde los espacios a su disposición como las redes sociales donde ya se ha juzgado y condenado a quien hozó atentar contra las buenas costumbres y la moral, en una sociedad de la doble moral, que ha generado este tipo de complejos vericuetos para construir lógicas de censura que acusan la irreverencia del arte y aplauden la cosificación y la misoginia de manera permanente en todos los espacios. Lo ocurrido en Oruro, ahora reconvertida en la Villa de San Felipe de Austria, trajo consigo varias consecuencias y efectos que nos quedan como, vergonzosos, aprendizajes entre los que podemos mencionar. Primero, las contradicciones desatadas han servido como pretexto para sacar de la penumbra a toda esa realidad que se encubre a nombre de cultura, folklore, costumbres y tradiciones. Todas estas que han naturalizado la recurrencia del calendario festivo ingresando en la sinrazón seudoculturalista que ha perdido el sentido, los orígenes y las raíces de tanto acerbo existente en nuestro país y la región. Entonces ha llegado la hora de debatir, en el mejor de los sentidos y de manera frontal, todas estas manifestaciones y criterios que han exacerbado el diálogo entre connacionales. Es tiempo de conversar, analizar y reflexionar en torno a lo que entendemos por cultura, por folklore y todas sus ramas anexas, en un país que presenta en un sitial fundamental esta riqueza inmaterial, construida con el tiempo en medio de debates identitarios y de representatividad de cada espacio, cada nación, o territorio.

Segundo, una consecuencia necesaria y urgente ha sido el refugio de la Virgen de la Candelaria en la Virgen de los Deseos, para realizar un mural con la idea planteada por nuestra compañera y hermana “Imilla Cunumi Birlocha” reivindicando a la mujer en este adverso medio, de machotes sueltos avalados por todo un sistema y una estructura, con complicidad de otros hombres y mujeres que no logran zafar de las prácticas machistas entroncadas en nuestra realidad. Seguramente, la patrona de Oruro se vio obligada a escapar de este escenario que pretende sobrecargarla con responsabilidades que no le competen, adjudicándole consecuencias de este tipo de excesos que, como buena “madre tradicional y abnegada” debe aguantar sin ningún derecho a disentir o reclamar, ya que puede ser sujeta de la sanción y persecución, en medio de las inquisiciones del siglo XXI que viven las mujeres día a día.

En todo caso NO PASARÁN!!!

lunes, 26 de febrero de 2018

PROYECCIÓN POLÍTICA DE LA NACIÓN CHICHAS

En la última etapa histórica de los Chichas, correspondiente al ocaso del siglo XX y advenimiento del XXI, la visión respecto de “lo que somos” ha sufrido importantes avances que superan el pensamiento señorial sesgado y discriminatorio que había quedado anquilosado. Así, la perspectiva integral de la identidad chicheña fue madurando para concretarse en la perspectiva de la Reconstitución de una Nación ancestral y precolombina que resulta más coherente y pertinente en la realidad actual ya sea en un contexto regional y nacional, a lo que acompaña la normativa y las condiciones en varios aspectos que permitan viabilizar esta proyección. Con estos avances, se fue trabajando esta perspectiva para que se vaya permeando en todos los espacios y generaciones de mujeres y hombres oriundos de este ancestral y milenario territorio sureño. De esta manera, con la realización del Censo Nacional de Población y Vivienda 2012 (en el marco de la pregunta 29) se tuvo como resultado el sugerente dato demográfico de que casi 60.000 personas a nivel nacional se consideran como pertenecientes a la Nación Chichas, lo cual fue un factor preponderante para profundizar el proceso.

De igual manera, el establecimiento de acuerdos, consensos y apoyos fue determinante donde todo el entramado institucional juega un papel decisivo así como las organizaciones sociales, cívicas y otras para sustentar este planteamiento, trabajando primero en lo que se conoce como intraculturalidad chicheña. Como un complemento obligatorio se presente el respaldo de la base social que se manifiesta mediante la legitimización de un planteamiento que está sujeto a la capacidad de llegar hasta las mayorías de forma consensuada y hegemónica que permita seguir avanzando con lo proyectado. Dentro de las condiciones propias del proceso en los Chichas, la integración es todavía una tarea en curso, que debe seguir profundizándose para que se tenga avances importantes en una extensión que rompa con las limitaciones locales-provinciales y pueda restituir parte de lo que fueron los territorios Chichas precolombinos. En lo que corresponde a Tupiza, la inclusión del reconocimiento del Municipio como integrante de la Nación Chichas, dentro de su Carta Orgánica, resulta un paso significativo para institucionalizar y oficializar un discurso de necesidad histórica. Con este y otros avances, como los establecidos en una serie de documentos elaborados en este tiempo, se va sustentando de manera más formal la proyección de la Reconstitución de la Nación Chichas.


Así como se incluyó la temática dentro de un documento fundante a nivel municipal (la Carta Orgánica de Tupiza), es imprescindible que los gobiernos locales de los Chichas mantengan vigente esta proyección para seguir profundizando el proyecto hasta hacer realidad los objetivos autonómicos dentro de un territorio integrado con, inicialmente, cinco municipios miembros de esta Entidad Territorial Autónoma bajo la bandera de la Nación Chichas. En este mismo lineamiento, los gobiernos locales de Villazón, Tupiza, Atocha, Cotagaita y Vitichi, principalmente, son los espacios dentro de los cuales se debe ir asimilando y madurando esta propuesta para que de manera mancomunada se vaya estableciendo la Reconstitución con participación activa de la sociedad civil y los niveles político-dirigenciales correspondientes, además de ser los espacios institucionales los representantes del Estado e interlocutores directos de este tipo de iniciativas. Con lo expresado, la identidad y los aspectos culturales deben ser abordados también desde la perspectiva política, más allá de niveles político-electorales o partidarios, sino entendiendo como una manera de identificar a sujetos históricos que deben posicionarse en este contexto y en el marco del proyecto Reconstitutivo de la Región ancestral ahora concretada en una Nación.

lunes, 19 de febrero de 2018

CARNAVAL “SOLIDARIO”

La bisagra que delimita los meses de enero y febrero de la actual gestión, vino cargada de una serie de contingencias y desastres lamentables en el Municipio de Tupiza, sin minimizar lo ocurrido en otros lugares de los Chichas o de distintos departamentos del país. En este sentido, se activaron una serie de campañas de apoyo y solidaridad para paliar de alguna manera las necesidades de las familias afectadas, para este caso, en Tupiza. De esta manera, se logró conseguir una significativa cantidad que va sumando poco a poco desde el punto de vista material inmediato, no obstante es seguro que lograr una contención y recuperación total es muy difícil de lograr, haciendo énfasis en el aspecto anímico, moral y espiritual que se encuentra muy interno en estas personas que más que materia, perdieron significados y sentidos de vida entre los vericuetos y complejidades de la psicología y todos sus enmarañados difíciles de comprender. Para este cometido se tuvieron que adscribir, principalmente, la misma población tupiceña, residentes en otros lugares e instituciones llenas de voluntad por respaldar dicha empresa donde destaca, para el caso de La Paz, la Universidad Mayor de San Andrés y el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz, entre muchas otras de las cuales escapa el identificativo junto a artistas que se hicieron presentes en la Telemaratón transmitida por Televisión Universitaria.

Como ocurre en hechos de tragedia y desastres naturales, con lo ocurrido con el turbión de Tupiza se activaron una serie de reacciones en las personas que pueden asumirse como coherentes, insensatas o contradictorias; algunas de ellas in situ con una percepción directa del desastre y otras a la distancia tratando de entender la verdadera magnitud de lo sucedido. En medio de esta situación, es seguro que hubo reacciones más empáticas y sinceras frente a otras de un desinterés y apatía, casi, total ante esta desgracia que se la asume como ajena, mientras no afecta a mis intereses o de un círculo cercano. Pero en fin, son los recovecos de los individuos, de la sociedad, el egoísmo o la solidaridad presente en una misma persona y que se activa dependiendo de varios factores previos los cuales, supongamos, que no se debe juzgar, sino que cada quien llevará consigo el aporte que pudo realizar en esta adversa coyuntura.

Algunos días después, el calendario “festivo” demarcó la llegada del Carnaval, caracterizado por la fiesta, alegría y, hasta los, excesos. Así, en varios espacios se había dado por hecho que por la cercanía de la tragedia, esta festividad iba a ser suspendida por el carácter de incoherencia reinante en este espacio que podía verse dentro de un sinsentido de tristeza y “alegría” de una misma comunidad. Sin embargo, se concluyó en continuar con la festividad bajo el denominativo de “Carnaval Solidario 2018”, mismo que inmediatamente tuvo una reacción variada de respaldo y dura crítica, principalmente, y con algunos matices de intentos de aportar con algo de sensatez en el debate. Así, se argumentó varios elementos que pretenden ir en defensa del singular carnaval, los cuales no terminan de cerrar la idea de forma apropiada. Casi inmediatamente, viene a nuestros recuerdos el carnaval en medio de situaciones conflictivas, comenzando de al ya añeja, polémica y especulativa historia que relaciona al carnaval, 1879, con nuestra pérdida del mar, en medio de la Guerra del Pacífico; igualmente recordamos lo ocurrido en Oruro, 2014, donde con la caída de una pasarela murieron varias personas incluidos músicos de una banda, lo cual no impidió la cancelación de la entrada y otros bemoles; asimismo surge en la ciudad de La Paz, 2011, el megadeslizamiento ocurrido en nueve barrios del municipio que tuvo como consecuencia la pérdida de un importante número de casas además de secuelas humanas, en ese contexto el municipio decidió postergar el carnaval por aproximadamente un mes.


Con estos casos reales y cercanos de nuestro país, logramos tener una aproximación a la diversidad de maneras en que afrontamos la tragedia como comunidad, o colectivamente. Cada individuo se constituye en todo un universo complejo de pensamientos, sentimientos, acciones y reacciones; a veces coherentes y las más contradictorias. De igual manera, vamos actuando cotidianamente en medio de condicionantes en este entramado interno que se va complejizando día a día según vamos envejeciendo. Entonces, de la misma manera vamos actuando con afinidades entre personas con quienes logramos consensos o confrontaciones, en medio de intereses u objetivos particulares que nos recuerdan que “el hombre es lobo del hombre” o que también somos “humanos, demasiado humanos”. Al final, la realidad ha demarcado el derrotero de nuestra historia, individual y colectiva, en esta tragedia ocurrida en 2018 que habrá quedado, para algunos, como historia y para otros como una historia de vida. El carnaval, solidario o no, se ha ido y la función deberá continuar así como el mundo sigue andando pero nuestra comunidad seguirá ahí en corresponsabilidad de todas y todos por tener siempre un devenir mejor. En fin, habrá que decir que “el carnaval y la procesión se llevan por dentro”, ¿o no?