viernes, 29 de mayo de 2020

LA PANDEMIA DE LA MASCULINIDAD CONFINADA



Cual si fueran un complejo objeto de investigación para las Ciencias Sociales y Humanas, los hombres están ocupando un sitial interesante en el debate de esta coyuntura sui géneris que se vive en Bolivia y gran parte del  mundo, el confinamiento. Nos referimos al hecho de que los “dueños y patrones” del ámbito público se han visto obligados a ubicarse en un espacio ajeno en su cotidianidad, el privado-doméstico del cual siempre se han tratado de desligar, avalados por todo un aparataje patriarcal. Así, han surgido una serie de espacios de debate, reflexión, conversatorios y demás, teniendo como centro a los hombres en cuarentena.

El tiempo de confinamiento en el que estamos viviendo por más de sesenta días ha visibilizado una serie de aspectos que siempre estuvieron conviviendo socapados por la normalización de la vida y de las relaciones, desiguales, de género y que ahora se replantean sugerentemente. Así retomamos categorías como los roles de género que junto a los mandatos sociales han hecho que los hombres salgamos bien librados de las responsabilidades domésticas, de cuidado y reproducción de la vida. No obstante, como una consecuencia de las construcciones tradicionales y hegemónicas de la masculinidad, nos vemos limitados de aspectos fundamentales de esta identidad, es decir del arquetipo de proveedor que se constituye en un profundo problema para entendernos como hombres en este contexto, lo cual posiblemente esté agudizando conflictos emocionales y de frustración al no poder responder según lo demanda la sociedad. A esta situación debemos incluir elementos de análisis de clase social y otros como la informalidad y subempleo (que, entre otras cosas, afecta más a las mujeres que a los hombres, apelando a la frase de que “la pobreza tiene rostro de mujer”).

Sin embargo, no todo es una anécdota de los malos ratos que pasan los hombres perdidos en el espacio ajeno, y de paso sin poder regodearse en sus pasiones futboleras, sino que el confinamiento está siendo el tiempo y espacio para que los índices de violencia ejercida contra  mujeres, niñas y niños, principalmente, mostrando datos alarmantes. Desde el 17 de marzo, inicio de cuarentena, fueron reportadas más de 1.300 denuncias por violencia y 44 feminicidios, sin contar los subregistros que no se conocen y que, seguramente, acrecentarían las alarmantes cifras. Esta situación contradice al planteamiento de que el hogar es el espacio más seguro para las personas, lo que con los datos se demuestra que es totalmente falso. Asimismo entra en cuestión la romantización del tan mentado quédate en casa ya que vemos que el quedarse en casa es sinónimo de aumentar los riesgos de sufrir violencia o de convivir con el agresor como una pesadilla permanente, sin considerar la necesidad de sobrevivir ante la falta de ingresos o alimentos.

De esta manera, nuestro país ha ingresado en una profunda crisis, sin siquiera haber superado la vivida a fines del pasado año, donde se ha puesto en debate los roles que cumplimos los varones o el aporte real que hacemos dentro del trabajo doméstico y el cuidado, una vez arrebatado el pretexto machista del ser proveedor como sinónimo de hombre íntegro y responsable. Durante este tiempo, las familias se han constituido en los espacios de renegociación de lo cotidiano para poder sobrellevar de mejor manera el confinamiento, replanteando, desde las casas, la división sexual del trabajo que parta de lo más simple como cocinar o lavar la ropa. También estamos ante un escenario que devela las debilidades de la masculinidad tradicional como el autocuidado y la supervivencia que puesto en perspectiva desmonta al “sexo fuerte”, desnudando sus más profundos miedos, debilidades e incapacidades.

El confinamiento va pasando, casi obligado por el peso de la realidad y enmarcada en desigualdades. Quedarán los aprendizajes e interpelaciones que nos hicimos desde la masculinidad, principalmente la vinculada a los roles y mandatos que nos inventaron, donde, según dicen, los hombres no se ocupan de las labores domésticas o del cuidado, manteniéndonos en nuestros rancios espacios de privilegio patronal. Sin embargo, luego de la cuarentena es prudente no volver a la “normalidad”, al menos no a esa normalidad como la habíamos conocido porque aquella no nos fue muy útil para deconstruir lo tradicional y, casi, arcaico de las relaciones desiguales de género sino que, justamente, habían sido el pretexto adecuado para seguir empantanados en esos privilegios falsamente adquiridos en detrimento de la mayoría poblacional a la que solemos afectar de diferentes maneras, manteniendo permanentemente la pandemia de la cuestionable masculinidad hegémonica, y que por este tiempo estuvo confinada.

lunes, 16 de marzo de 2020

LA PESTE Y LOS EXECRABLES

Foto: Internet.

El pasado diciembre, en China, y el mundo, se inquietaban por un virus que todavía no se sabía de qué trataba. Mientras tanto, en Bolivia todavía nos encontrábamos en el intento de superar el difícil momento de los precedentes meses con la crisis sociopolítica desatada entre octubre y noviembre, principalmente. Así con el estilo y características de nuestra población, vamos moviéndonos al ritmo y mandato de las fechas y calendarios cívico-festivos para, en un momento sentirnos demócratas, chauvinistas, patrioteros o, en otro, dadivosos y hermanados. Asimismo construimos y desmontamos enemigos imaginados o impuestos desde las doctrinas internas y externas, dependiendo de las circunstancias y los intereses que se juegan en un momento determinado por los hilos que manejan marionetas. Así, llegó, como una noticia más, la alerta por el coronavirus (COVID-19) desde Wuhan en uno de los tigres del desarrollo asiático, pero por acá teníamos otros asuntos en que pensar y prestar mayor atención; claro eran las fiestas de fin de año, tiempo para regodearnos de nuestros más profundos sentimientos y actitudes mercantilistas y restregar en la cara del resto las desigualdades que existen en nuestros pueblos.

Entre fiesta y bacanal, pasamos por navidad y año nuevo, donde alzamos la bandera de paz, amor, reconciliación y demás, cumpliendo con el ciclo y tiempo del perdón, como descargo de todo el egoísmo ejercido durante el año, que seguramente nos lava la cara en este tiempo contradictorio con lo establecido por el mercado y el sistema capitalista. Todavía obnubilados por las luces navideñas, que magistralmente se ocuparon de ocultar la pobreza y desigualdades entre paisanos, rápidamente nos aprestamos a las carnestolendas quitándonos la máscara de las natividades para introducirnos en los más básicos instintos, emociones y acciones de la carne (carnaval es carne a Baal, dirían algunas iglesias). Junto a todo este periodo también comenzamos con la etapa del carnaval electorero, con una serie de personajes que comienzan a disfrazarse de los que, sinceramente, odian porque es tiempo de sumar con el maquiavélico mandato de que el fin justifica los medios, que también hicieron lo suyo dedicándose en pleno a la campaña, pero no la de prevención, sino la electoral. En este tiempo, la amenaza, y los datos, del novel virus se acercaba a nuestro territorio hasta, en el sentido estricto de la palabra, rodearnos con su presencia en todos los países vecinos; pero por acá eran tiempos de darle rienda suelta al hedonismo y desmanes, como solemos hacer, no solo en carnaval sino en todo nuestro agosto.

Habiendo reaccionado de las resacas del sistema y del calendario, nos sorprenden con la noticia de que en nuestro país se confirmaron 2 casos del coronavirus (San Carlos y Oruro), después de varios sustos con casos posibles, los que llegaron desde Italia en la fase 2 del ciclo de la epidemia para Bolivia. Con esta novedad y, menuda, sorpresa empezamos a reaccionar muy basados en la ignorancia respecto de los protocolos y procedimientos sobre el recién llegado desde Europa haciendo lo que haríamos, seguramente, en un estado de naturaleza arcaico: matar o morir. La mayoría se lanza hacia los centros de abastecimiento para acopiar todo lo que pueda y en base a sus posibilidades, amén de las y los que tienen menos recursos, para cargar todo lo posible en lo que se pueda, algunos en sus camionetas y que el resto vea lo que hace. Por su parte, en el lugar de residencia de una de las pacientes, adultas mayores ambas, se ocuparon además de hostigar, amenazar y perseguir a dicha persona y su familia, llegando incluso a bloquear y cerrar el paso a los hospitales; sin duda una nueva expresión del amplio y profundo sentimiento democrático que mostraron el pasado año. Este ejercicio fue replicado en varias ciudades donde, ya sin importar posiciones políticas, la gente se fue a cerrar los accesos a hospitales para que no lleguen ahí pacientes con “la peste”, ¿acaso será la lucha de bueno contra malos?

Con todo ello, parece que hemos retrocedido a esos tiempos donde la naturaleza era mayor a la razón, o tal vez a tiempos del oscurantismo religioso que apela a dios facultades que deberíamos, también, responder desde la ciencia. Entre otras peleas se empezaron a dar los cruces entre ciencia y religión, sin quedar exenta la búsqueda de réditos político electorales, porque no podemos olvidar que pronto tendremos elecciones. Con todo ello, nos encontramos en un panorama por demás sugerente digno de un complejo estudio psicosocial que nos explique por qué hemos retrocedido, otra vez, a esos tiempos de supervivencia básica acrecentada, esta vez, por el capitalismo, mercantilismo y demás aberraciones del siglo XXI que van ampliando las brechas de desigualdad. Así, no faltarán quienes sientan algunas contradicciones por encontrase viviendo líneas leídas en sagas novelescas como “Ensayo sobre la ceguera” (Saramago) y “La Peste” (Camus), o tal vez vistas en películas tan absurdas como las de zombies y apocalipsis de los futuros distópicos. Sin duda estamos viviendo, y reafirmando, que la peste se encuentra en nuestros pensamientos e imaginarios, calados por los intereses personales y egoísmos más rancios que se manifiestan de acuerdo a las condiciones y realidades absurdas de existencias execrables y sinsentido en las cuales nos revolcamos cada día.

domingo, 8 de marzo de 2020

49,3 POR CIENTO


Bolivia recibió el año 2020 con un promedio de 1 feminicidio por día, más exactamente 12 casos en 10 días y se incrementa jornada tras jornada. Una cifra alarmante para la gestión que empieza y que debe ser la llamada de atención para que, de una vez, comencemos a tomar acciones desde todo los espacios. En este sentido, la Encuesta de Prevalencia y Características de la Violencia contra las Mujeres (VcM) del Instituto Nacional de Estadística (INE) 2016, ha mostrado un dato llamativo donde el 75% de mujeres sufren o han sufrido algún tipo de violencia (de los 16 tipificados en la Ley N° 348); en otras palabras casi 8 de cada 10 mujeres. A partir de este dato podemos hacer un ejercicio sugerente que devela una serie de aspectos de nuestra sociedad; si 8 de cada 10 mujeres han sido afectadas por un hecho de violencia, podemos suponer que 8 de cada 10 hombres ha ejercido uno de los tipos de VcM.

Entonces los hombres, el 49,3% en Bolivia según datos del Censo 2012, es un potencial agresor. Ahí vamos identificando la forma en la cual nos hemos convertido en una sociedad violenta, amparada, en muchos casos, por la cultura y la normalización de la vida, donde el observar un hecho de VcM no nos llama la atención, apelando incluso a lo privado o, incluso, a costumbres y tradiciones. De esta manera los hombres nos constituimos en el centro del ciclo de violencia, heredando la etiqueta de agresor que nos persigue durante, casi, toda la vida y nos carga como una mochila que ni siquiera logramos ver o comprender. En este ciclo nos vamos introduciendo desde temprana edad con elementos sutiles como los roles y mandatos de género, los cuales reprimen nuestros sentimientos y asumen la violencia como una relación normal. Con el paso del tiempo la consolidación de estas subjetividades son reproducidas en relaciones de pareja, donde la problemática se agudiza ya que hemos creído (nos hicieron creer), siempre, que las mujeres son inferiores, son objetos y demás.

A estas alturas el ejercicio cotidiano de violencias es mayor el cual se va agravando, comenzando de la encubierta, simbólica, psicológica, física en un entramado “incontrolable” que deviene, incluso en feminicidio; donde las mujeres no se mueren sino que las matamos. Si no tomamos medidas urgentes, esta situación puede continuar o empeorar; sobre todo si los hombres no asumimos acciones. Y es que el feminismo, junto al decurso de la historia y nuestra propia incapacidad, nos ha dejado aletargados en esta lucha teniendo, por un lado, procesos de empoderamiento de las compañeras en todos los ámbitos y, contrariamente, ha constituido a los hombres como una de las principales trabas en ese empoderamiento.

En Bolivia somos minoría poblacional, similar al resto de países en el mundo, sin embargo el sistema patriarcal y las prácticas machistas han hecho que actuemos siempre en detrimento de las mujeres, de una y otra manera; desde los micromachismos hasta los peores actos de violencia que se puedan conocer. Entonces, es tiempo de comenzar a cuestionarnos respecto de la masculinidad tradicional en la cual estamos inmersos sin un mínimo de sentido crítico, lo cual bajo ningún sentido nos quita responsabilidad de nuestro accionar violento o machista. Consecuentemente, desde los diferentes roles que tenemos como hombres deberemos interpelar al machismo, ya sea como hijos, padres, hermanos, pareja y, cómo no, seres humanos.

La auto-interpelación de la masculinidad tradicional, machista y violenta debe ser el punto de partida para la construcción de sociedades libres de VcM. Los hombres tenemos en las manos una gran responsabilidad para hacernos parte de las luchas históricas por equidad e igualdad, cuestionando desde nuestros espacios y nuestros entornos. Es tiempo de dejar de ser cómplices de prácticas machistas en las manadas de hombres (incluidas los virtuales del último tiempo) que se constituyen en espacios abiertamente violentos y que están afectando los derechos más básicos, principalmente de las mujeres. Es tiempo de cortar la reproducción de la violencia en ámbitos privados y públicos, y principalmente dejar de ubicarnos al centro del ciclo de la violencia porque la etiqueta de agresor en una mancha que está afectando hoy y a las próximas generaciones. Dejemos de creernos una historia mal contada porque no somos príncipes valientes, indestructibles e insensibles que rescatamos mujeres desvalidas y dependientes; somos corresponsables de construir sociedades en equidad, igualdad y libres de violencia; ya es tiempo…

lunes, 17 de febrero de 2020

DEL PUEBLO SUS ANDARES



Muchas veces hemos cuestionado y conversado sobre el abismo entre la academia (circunscribiéndonos esta vez en las Ciencias Sociales) y la realidad o las maneras en que articulamos y logramos el encuentro entre lo que se plantea desde la universidad y la vida cotidiana de la gente. Entonces, suele parecer que el, denominado, vox populi es vilipendiado desde espacios formales enmarcándose en la típica soberbia académica que, muchas veces, incomprensiblemente no logra engranar en el devenir de lo cotidiano, entre las prácticas recurrentes muchas veces normalizadas. Así, nos hemos acostumbrado a hablar, analizar, discutir y escribir sobre los hechos, supuestamente, resaltantes que demarcan cambios trascendentales en las estructuras sociales, políticas, económicas y demás, dejando de lado el detalle de que es en el día a día donde se refuerzan o cuestionan los tejidos sociales mediante varios mecanismos que superan los “complejos” análisis teórico-conceptuales de la realidad.


En los Chichas existe una sugerente tradición bibliográfica que nos invita a seguir pensando sobre quiénes somos en la diversidad de nuestras ciudades y comunidades con un largo pasado ancestral que superó varias etapas desde lo originario, las expansiones imperiales precoloniales, la colonia, el colonialismo interno y la globalización, entre otras. Con todos esos embates, es relevante la pervivencia de la identidad regional, todavía con varias características particulares, pero también con las ineludibles influencias culturales que van modificando, en gran parte, de manera sutil aspectos subjetivos del imaginario colectivo. En este sentido, es importante un trabajo recopilatorio, que ya debería haber comenzado, de lo que conocemos como historia oral que se transmite de generación en generación y que enaltece, no solo los grandes acontecimientos sino, las vidas cotidianas que tienen gran relevancia para quien las relate constituyéndose en un gran aporte a la tradición de los pueblos y sus historias.


Es justo ahí donde nuestra identidad recibe un aporte relevante mediante la crónica y vivencia desde los barrios, mostrando la otra parte de lo que somos, donde además se tiene el nivel necesario de sinceridad en el texto, que muchas veces en la academia se pretende disimular bajo el velo de objetividad. Nos referimos al libro “Andares…” de Cristóbal Vargas Choque, donde documenta una serie de crónicas y relatos sobre esas vivencias que es necesario mantener en la memoria, y que por varias generaciones hemos transitado de similar manera, pero que en el último tiempo se va vaciando al ritmo veloz de los avances tecnológicos al que están expuestas las nuevas generaciones. Así, en la ciudad de La Paz, similar a lo ocurrido en Tupiza durante la Fiesta de Reyes,  se realizó la presentación de dicho libro bajo los auspicios de Acción Nacional Chicheña y con los comentarios de Edgar Murillo y Guillermo Cardozo (también encargado del prólogo). Por su parte, el autor pudo expresar las palabras de circunstancia rememorando el proceso de construcción de este libro entre recuerdos y anécdotas de antaño, frente a una asistencia atenta a lo manifestado.


En este marco, el autor nos invita a un recorrido imaginario por parte importante del territorio chicheño, donde se encuentran las minas en un sitial central, y cómo no Tupiza constituido en eje. Asimismo, recordamos el devenir que hemos recorrido muchas y muchos transformándonos en migrantes (eternos) con destinos más o menos lejanos de tierras chicheñas. Por su parte, destacó la interpelación a la identidad que fue construida en base al detrimento de lo rural o lo minero, con la pretensión de enaltecer la tupiceñidad, lo cual debe ser replanteado, mediante la revalidación de nuestros pueblos y comunidades que también son parte fundamental de los chichas. Entonces, Andares queda abierta para la lectura donde encontraremos las remembranzas que afiancen nuestra identidad, esta vez desde lo popular y cotidiano, siendo un gran aporte para cerrar los abismos establecidos desde ciertos sesgos que deberemos superar con los tejidos de comunidad en el día a día. Con seguridad el autor, ahora residente en el extranjero, sigue construyendo nuevos andares que, incluso, más allá del libro compartirá, más pronto que tarde, encontrando tiempos pasados con la actualidad con planteamientos desde la mirada crítica y aguda como cuando en “De las noches oscuras” nos manifiesta “eran épocas de balas, épocas de golpe; algo similar como ocurre ahora mismo”.